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De
un padre también se puede esperar mucho, pero a diferente nivel. Ignoro si es
por el tiempo que el niño pasa en el vientre de la madre, quizá por los lazos
que se desarrollan mientras la lactancia, acaso porque cientos de miles de años
de evolución así lo han querido, o... vaya usted a saber por qué, yo no soy un
erudito en esto. Lo cierto es que entre ambos, madre e hijo, se establecen unos
vínculos que se proyectan en el tiempo hasta la eternidad. Basta con ver a un chaval
en una situación problemática, sobre todo si teme por su vida, para ver cómo la
primera palabra que evoca es mamá.
Algo querrá decir esto.
Siempre
he tenido una relación magnífica con mi madre. En particular, a partir de la
muerte de papá, que se produjo cuando yo era un renacuajo de cinco o seis años.
Él dejó un gran vacío entre nosotros, especialmente en mamá, que se volcó en mí
a partir de ese momento; creo que temía que pudiera ocurrirme algo y perder así
el único soporte que le quedaba en esta vida. Cuántas veces, abrazándome, la
habré oído suspirar: "Hay, hijo mío, eres todo lo que tengo en el mundo.
Si te pasara algo, no sé lo que haría".
También tengo
que reconocer que me ha protegido demasiado. Y esto propició que creciera
dentro de una burbuja que no me permitía relacionarme con plenitud con los
demás niños. Siempre la tenía encima. No
cojas frío, no te subas ahí, no corras que te vas a caer..., y mil cosas
por el estilo que hicieron de mí un muchacho débil y solitario que no estaba
nunca a la altura de lo que mis amigos esperaban de mí.
Con
el paso del tiempo, su supervisión iba en aumento. Incluso recuerdo una conversación
que tuve con ella hace años, cuando mi juventud ya había pasado al recuerdo.
—Mamá
—le dije, con motivo de su preocupación por mi futuro, pues me echaba en cara
que no acertaba a la hora de elegir una pareja adecuada—, ¿qué pega le pones a
esta?
—No
sé, hijo mío, no acaba de gustarme.
—Que
voy a cumplir cincuenta años..., que se me está pasando el arroz...
—Ay,
no me presiones. Con esas cosas no se corre. Además, hay mucho donde elegir. Si te
fijas, por cada viudo se ven quince viudas.
—¿Y
para qué quiero yo una viuda? No es que tenga nada en contra de ellas, pero si
pudiera ser soltera...
—¡Claro!,
y encima la querrás virgen, ¡no te fastidia!, con la edad que tienes ya.
—Es
que, mamá, con lo que me pides que les exija, no voy a encontrar novia.
—¿Y
qué si no encuentras? ¿Dónde vas a estar mejor que en tu casa y con tu madre?
Y
para todo es igual. A cualquier hora de la noche entra en mi dormitorio a
taparme, "para que no coja un resfriado", me dice. Cuando salgo de
casa, me pregunta veinte veces adónde voy, y me recomienda otras tantas que mire
por si me dejo algo olvidado...
Algunas
veces he pensado en irme de casa, pero estoy tan bien aquí... Está siempre tan
pendiente de mí, que parece no descansar ni de noche ni de día para que no eche
nada en falta, para que esté a gusto y no me aparte de ella.
Hoy
me siento generoso y le he traído un ramo de rosas rojas. Siempre le han atraído
estas flores.
Igual
que a mí me gusta ver su nombre en grandes letras doradas, María Isabel Rubio Marín, es precioso.
Lo
que más me desagrada es lo que leo a continuación: Fallecida el 3 de agosto de 1970. Yo tenía 15 años por aquellas
fechas.
Me ha gustado mucho y si puedo el mes que viene compraré el libro. Gracias.
ResponderEliminarMe alegro de que te haya gustado, Cristina. También espero que el libro no te defraude. Un abrazo.
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